Sobre el agua hay eco.
El hombre se sienta frente al río y afina su guitarra. Su reflejo se diluye en círculos nerviosos que se mueven hasta la otra orilla; el frío por estos lares es una constante.
En la atmósfera apenas ruidos mudos, murmullos apagados de la gente del pueblo que escucha sin atreverse a observar. Los soldados se muestran expectantes, mudos ante tal osadía; algunos ya apuntan, y esperan solamente una orden.
Canta la guitarra; se mueve el reflejo.
Desde el principio la armonía es perfecta, las digitaciones precisas sobre las cuerdas, los dedos virtuosos se mueven veloces como electricidad por todo el diapasón; se toca Andalucía, piensan algunos, pero es triste, muy triste. -Han ahogado a tantos en ese río- dice un anciano comerciante, -que ya ni siquiera reconozco esa canción.
-Nada de música sobre este pueblucho, son órdenes del general Franco; la última vez hubo revuela y casi nos arrebatan la plaza. Treinta bajas sumadas a la histeria del Coronel que por poco se dispara en las sienes. La música, en manos inquietas, puede rugir más fuerte que cualquiera de nuestros fusiles. Pero el Coronel nada dice, y observa con ojos inmóviles el reflejo del hombre que toca.
Al principio fue un simple cuatro cuartos, pero la pieza es un anunciado in crescendo: ahora se desarrolla en octavos, en dieciseisavos; una velocidad inspiradora, casi subversiva. El silencio ha sido desterrado y la música se duplica gracias al eco. El hombre toca un Do repunteado que deja caer sus notas espirales sobre el agua, sobre aquél otro músico tembloroso que obedece el mismo acorde.
Los círculos nerviosos se detienen. Nos más viento, sólo el frío seco, agorero de tragedias.
- Si el Coronel lo desea, podemos hacerlo ahora. Eco. En dos días el batallón se retira. Eco. Ya no importará la peste, un cadáver más no derramará el río entero. -Eco. Nada, Coronel silencioso. -Qué hijo de puta, por su culpa nos van a detener a todos. Sólo observa como imbécil al tipo de la guitarra; y a ese otro que toca bajo el agua, agua apestosa, agua podrida, podrida, ida, ida.
Ahora Sol menor, La sostenido mayor, Re disminuido, ido, ido, ido; veneno al oído. Pero el reflejo ya no obedece- desobedece, toca Fa en variantes, contrapuntea Sol; jamás entona Re.- No obstante la melodía es perfecta, como si una serpiente marina saliera de sus dominios para anudar su cuerpo en el aire con ella, con la cobra terrestre que mana de entre las manos del músico.
Las dos guitarras vibran en el viento apagado, se entrelazan, se combinan, se aparean y producen sonidos orgásmicos ajenos a cualquier sensibilidad. Dos guitarras, a veces parecen tres, pero no, no, seguro que sólo suenan dos.
El pueblo parece despertar, se encienden algunas luces; soldados observados a través de ventanas anónimas, murmullos que tienden a la efervescencia.
- Por favor, Coronel, se le suplico; claro que podemos controlarlos pero, qué necesidad hay, cuando usted puede ponerle punto desde ahora… Coronel.
Oberture. El hombre ha dejado de tocar, sus brazos yacen agotados sobre sus costados, la guitarra inmóvil sobre las piernas.
¿Eco?
No. Reflejo.
Pero…
La música sigue, imparable: Fa Natural, Do en séptima con velocidades superiores al sonido, dos, tres veces; dos guitarras, tres a veces Mi, cuatro veces La, Sí Menor. Danza de serpientes sobre el aire tenso.
-Disparen…
¿Eco?
No. Fuego.
La cobra cae herida y se estrella contra el suelo.
El guitarrista sangra copiosamente, pero consigue levantarse.
Fuego.
-Qué tino, en el mero pecho. El último tiro lo ha hundido en el río-. La guitarra sin dueño sobre la tierra.
Más rápido, más rápido: Fa nuevamente, pero esta vez con armónicos indescifrables de tan veloces, Do disminuido en milésimas de segundo, ahora sí, Re…
-Disparen.
La serpiente marina es tan escurridiza, tan húmeda. Escapa a las ráfagas y se escabulle en el río, desaparece bajo el cuerpo de ese hombre que sigue tocando con alma encendida a pesar de estar muerto.
Música del demonio, Música incesante.
-No me lo explico Coronel, quizás algún atrevido tiene puesta la sinfonola, cosa bastante improbable por otro lado, pues la semana pasada recogimos y destruimos todo tipo de cajas…
Disminuye la velocidad… apenas unas síncopas en acordes menores, meros ejercicios que sirven para anticipar los sonidos más atrevidos. Cuatro cuartos. El sonido dulce parece poner todo nuevamente en su lugar, las luces en las casas aledañas se apagan. El pueblo necesita descansar.
-Coronel…
Música- río: las aguas tranquilas siempre desembocan en corrientes furiosas: in crescendo: cuatro cuartos, ocho cuartos, cuatro dieciseisavos, ocho, doce, veinte dieciseisavos, cuarenta cincuenta, cien, ciento cuarenta y seis dieciseisavos… velocidad subversiva, peligrosa. Y luego el eco: ahora son tres, no, cuatro, no, diez, no, más de cien guitarras acribillando cada hueco de silencio. Música infernal, insoportable, - Más poderosa que nuestros cañones de armada…
-Coronel…
-¿A cuántos hemos ahogado aquí, soldado?
-Con éste último, ciento cuarenta y seis, Coronel…
-¿Y con cuántas unidades contamos?
-Cincuenta soldados, pero mañana llega el apoyo de Linares, con lo cual sumaremos cerca de doscientos…
-…
…La música, ése veneno que mata más hombres que la serpiente más temida…
-¿Coronel?.... Por favor, no de nuevo, deje esa pistola…
-Ordene retirada, soldado.
Eco.
miércoles, 26 de mayo de 2010
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