LÁSTIMA POR EL SOUNDTRACK DE NUESTRAS VIDAS…
Lástima por el Soundtrack de nuestras vidas.
Lloremos un instante, dediquemos algunas palabras
a eso que pudo, y nunca fue terciopelo; por la amargura legada, en pos
de uno o dos minutos… de sonrisas tensas.
Va por mí, y por ti, y por esa mujer,
De brazos húmedos, de secos pómulos,
Que bebía cerveza mientras la caja tocaba
A Bob Dylan,
Girl from the north country, o lo que
entre sus ojos
Se escuchara.
No son coincidencias; se llaman Generaciones.
Porque nunca soportamos la cacofonía de un alba
Mal enfatizada…
Dilucidamos a la perfección, lo que es un Fa, un La,
Un Sol,
en poniente y sin ornamentos orquestales; todo
Todo en seco, veneno puro que golpea los tímpanos
Y que entre aturdimientos
Desgrana pinceladas de verdad. O tautologías.
Así somos.
Más íntimos al olor plastificado de los vinilos, amigos encarnados de
La mezclilla.
Así, así mismo: eternos esbirros de la melodía.
Decimos: qué terror cuándo la noche se tiñe de neón;
Espantosa la fricción de esas máquinas
Torturando la originalidad de una nota…
Y así, demasiada, demasiada
posmodernidad,
sacándonos ámpulas.
Una deuda firmada con sangre y legalizada con el
Cristal empañado de los años.
Ellos, algunos, murieron ignominiosos, en la horca de
Nuestro regodeo.
Y nunca tuvieron última cena, ni un acomedido traicionero,
Nunca resucitaron para siquiera lamer el pan que en nuestros hornos
Se coció, y se pudrió.
* * * * *
Las escrituras lo dicen:
Wagner, acusado de herejía, y póstumamente, servidor de la
Gestapo.
Bird Parker, modulando nuevas fruslerías, allá, en ese infame fondo
Azul y amarillo.
Karen Dalton, con guitarra espasmódica y disonante, siempre ofreciendo
La otra mejilla.
Aretha Franklin, con un vaso de gin, y la garganta ahogada
En complejas peticiones.
Y El bueno de Buddy, el católico Holly, aún despegando,
Volando
Con las uñas, mientras sus oídos explotan en mil melodías
Góspel…
Robert Fripp… aún no; el todavía pacta supervivencia con el genio de
Seis Cuerdas.
Syd Barret, que pinta porcelana, infiernos como de un Greco, y su madre
Sirve el té; pasan de las seis.
Ian Curtis, gozoso, muestra la imposible dentellada
En su cuello níveo, casi transparente.
Joe Strummer, nos grita revoluciones, escarceos linguisticos,
Pero su aliento… sólo encontramos vestigios de alcohol
Patatas rancias.
Colofón honorífico: Lennon, a la ventana; agua hirviendo en la cocina del Dakota
Y un puño de tierra orgánica en su lengua…
* * * * *
En pretérito…
Falta un grupo, el de infelices sobrevivientes; más ellos…
Ya viven con el esqueleto tatuado, en las córneas, en cada falange,
Donde una cuerda sea presionada hasta la colisión.
* * * * *
¡Qué distinto hubiese sido, si nunca nos hubiesen
Arañado!
Imaginar soles puntiagudos de un amanecer impecable.
Sin presión en la vejiga, sin volúmenes descorteses en
La almohada.
Sin vómitos escondidos entre cada recoveco de
Humanidad.
Se le llama, creo, Buen Gusto…
Una envidia que recorre la piel, como sangre helada
Bombeada artificialmente;
Esa realidad, donde las revoluciones, el sudor a cuarenta
Grados, y el trabajo a mano seca nunca fueron
Escuchados.
¡Quién necesita de parafernalia política!
Ahora existen microcircuitos, cajas futuristas, comida
En hologramas…
Nada de cuerdas, ni soplos desahuciados a través de metales
Cubiertos con telas progresistas.
Una lágrima, un resoplo, para eso que nunca fue terciopelo…
El Romanticismo se ubica en el siglo XIX, ahora es posible
Trasnochar sin molestar a nadie…
Dijo ella.
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